El humor en la obra de Roberto Matta [Columna][Por Rafael Gumucio]

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El humor en la obra de Roberto Matta

Por Rafael Gumucio

 

Me doy cuenta al escribir este ensayo que no me interesa nada el tema que voy a abordar. Esto con el agravante que nada me esfuerza a escribir sobre este tema que más encima se me ocurrió a mi. Mario Toral sólo me pidió que escribiera algo sobre el humor, y se me ocurrió el menos humorístico de los temas y sobre el que menos sé: El humor en la pintura de Roberto Matta Echauren.

Porque si he de ser sincero la pintura de Roberto Matta no me interesa nada. La obligación patriótica de admirarlo le ha quitado, para mi, todo el sabor. ¿ Que opinó yo de Matta como pintor? Su gracia es que no el del todo un pintor. Es un inventor verbal, es un creador de espacios, es el mejorcito de una escuela (la de Masson y Tanguy) por lo demás bastante aburrida. Es el maestro de Gorky y de Pollock, y es una presencia obligada en todos los remates de pintura sudamericana. Es un creador visual que, en lo que a mis gustos respectas es parte de un pasado que me interesa cada vez menos.

¿Pero que tienes contra Matta? me preguntó alarmado, pensando que aún me quedan siete paginas a maquina para dar por concluido el articulo. Matta invento un mundo visual, es cierto, es justamente eso lo que no soporto, nunca he podido tragarme a los inventores. La imaginación es la más gratuita y sobre estimada de las facultades. Inventar un nuevo mundo ¿Para qué? ¿No es mejor desinventar un poco el mundo en que vivimos?

Matta es un pintor de la surrealidad, pero a mi me gustan los que se quedan en la infrarealidad. Me puedo quedar dos horas en silencio ante un Vermeher o un Velásquez o un Lucien Freud o un De Chirico, no aguanto más de quince minuto delante de un Matta. Nunca me han interesado los exploradores sino los revisitadores. No los futuristas sino los melancólicos. Me gusta más Velásquez que tiene menos imaginación que yo que el delirante el Greco. Me gustan los despojados, y los presos, los que se retienen y explotan. Creo que queda claro, Matta no me interesa.

¿Por qué entonces me veo entrapado en escribir sobre el humor en la obra de Matta? ¿Qué me llevó a elegir en completa libertad y sin ninguna presión, este tema y no otro (el humor en Parra, o el humor en general, o cualquier tema autobiográfico cómico y simpaticón en que hubiese brillado sin quebrarme la cabeza)? Ahora que lo recuerdo, lo que me lleva a escribir sobre Matta fue la lectura de una larga entrevista que le consagro Eduardo Carrasco hace ya más de veinte años. Esa conversación y otras entrevistas y anécdotas me hicieron ver a otro Matta que el Pintor. Un artista ante todo verbal que jugaba con una inocencia del todo falsa, y un humor que era forma de lucidez quemante, de apremiante primera necesidad. Un destructor de idiomas, que encara el delirio siempre desde el más completo y desnudo sentido común. Largamente alaba a Pedro Úrdemeles, el patrón del sentido común chileno. Había en esta conversación con unos de los últimos surrealistas algo del acento de un viejo dueño de fundo conservador, sin fundo y sin club de la Unión.

En el Chile serio de la dictadura, y en el aún más lloroso ambiente de la izquierda chilena, leer a Matta fue una liberación. Una entrevista a un pintor de izquierda, que no era un tonto grave porque a diferencia del resto de los pintores de izquierda no era ni tonto, ni grave.

¿Eso es todo? No. Escribo estas líneas bajo un aplastante calor madrileño. Llevo tres años fuera de Chile, y he tenido, como lo tuvo que hacer Matta, traducir mi humor chileno a otros mundos mentales. El producto es una estructuración de tu mundo. Chile, lejos de las fronteras, deja de ser un país para convertirse en un filtro que deforma la luz. Fuera de Chile, finalmente te hace darte cuenta de lo evidente: Chile se esta cayendo del mapa, caminamos al revez de la civilización, caminamos sobre el cielo raso como si estuviéramos caminando sobre un lujoso parquet.

Esa extrañeza del chileno en el extranjero, esa descontextualización primordial es uno de los motores de la obra de Matta, y es lo que me hace sentir parte de ella. El humor de Matta que no es otra cosa que el humor chileno, o Santiaguino, transformado en un factor de lucidez, en una antena que escucha hacia fuera en vez de encerrarse hacia dentro. El humor chileno que se acostumbra a transformar el oro en caca, que puede, si se invierte sus efectos, transformar la caca en oro.

 

La Risa fría.

 

Roberto Matta no ha hecho otra cosa que volver a su nacimiento. A ese 11 del 11 de 1911 en Santiago. Números conjugados, Matta pudo inventarse en Francia un destino. En Chile eso habría sido imposible. No hay Mesías, profetas o reformador que aguante una semana en Santiago. Chile todo lo empequeñece para poder comprenderlo. Toda grandilocuencia demencial es muy luego aterrizada a golpes. La timidez y el resentimiento apagan a los que quieren sobresalir. Chile obliga a salir de él. Chile se transforma no en un país en que vivir, sino en una marca en la espalda de sus hijos.

Infancia de Matta: Un peladero, un campo y una ciudad. Roberto Sebastián Matta Echauren a una clase alta que vive modestamente pero que gusta a reconocerse como única. Casta de una Europa de antes de la revolución francesa, pero vestida a la moda del tiempo. Honor, árboles genealógicos, procederse y héroe y la tierra que cuando tiembla se mofa de todo eso. La risa que mata, el país que se disfraza sin reírse.

Lenguaje, el castellano de Chile, esa cosa vacilante, entre dientes, ese juguete rabioso que no suelta lo que toca. Una lengua incomoda, llena de juegos de palabras campesinos.  En ese Santiago a la vez belle epoque y medieval Matta aprendió el oficio que sería el suyo: Maestro chasquilla, o como lo llamaría el Vidriador. Un tipo que se hace de vidrio para que vean a través de él las partículas de que están hechas las cosas.

Matta estudio una carrera provechosa en una universidad conservadora y religiosa (estudio arquitectura en la Pontificia universidad católica). El futuro surrealista no dejó ni una sola huella de rebeldía. Era un joven con inquietudes artística y una risa fría. Un aprendiz de caballero que absorbía todo a su alrededor porque ya estaba yéndose. Hay que anotar aquí que sus buenos modales y las convenciones burguesas aprendidas en Santiago le serían paradójicamente útiles al entrar al grupo surrealistas. Esos rebeldes eran todos chicos bien, bastantes convencionales por fuera, y a veces también por dentro. Los médicos y gentleman Bretón, Eluard, y Aragón, el hijo de notario Salvador Dalí, el ricachon Buñel, el impecable Max Ernest, todos pobres, pero todos bien vestidos que no aguantaban cerca la presencia de verdaderos proletarios. A todos volcados en los sueños encontrarían un mundo en que desnudarse de las convecciones burguesas que tanto odiaban, que tanto amaban. Dalí se dejaría ir en las alucinaciones masturbatorias, Ernest en los pájaros informes de su infancia entre sordomudos alemanes, Buñuel descubría la violencia primitiva de su infancia española, Aragón divagaría, Eluard se haría azul y Bretón dogmático. Matta, el arquitecto bien parecido y sonriente haría ciudades, y luego batallas y luego rompiendo con la más temidas de las fronteras chilena, se haría indio y pintaría su tribu.

La violencia de un clima y de un paisaje inexplicable en Paris, iluminadas con ráfagas de humor negro y alquímico fue el primer quiebre. La perdida también de la brújula social. Fin del mundo de casta, Matta tiene que explicar quien es en una lengua que no es la suya. La sonrisa fría de Santiago resucitado en ese mundo, el francés, que toma en serio todo lo que no es serio, y se ríe solo de lo que es verdaderamente trágico. Matta al descubrir que es unos extranjeros en una lengua que no es la suya descubre que es justamente ese humor de doble filo, esa caballerosa violencia muy chilena, la fuerza que lo habita y los distingue. Viene de un mundo en constante movimiento, de una ciudad que cambia de rostro a la velocidad impresionante. Sus cuadros recogerán esa velocidad, ese dinamismo que es lo que buscan justamente retratar Gorky y Pollock en Nueva York. Ese milagro de lo nuevo, de lo innominado, de lo caníbal. El gesto mal educado, la revolución en azul, y verde. La selva sin árboles, y la ciudad que no termina nunca de hacerse. El espacio del grito y del miedo congelado antes de ser. Eso en cuanto a la pintura, pero Matta aprendió en Santiago que ser pintor era ser muy poca cosa. Era ser un borracho bohemio y miserable encargado retratar floreros. Matta complemento su obra grafica con sus discursos, sus títulos alquímicos. Verbaliso el trazo, como si sus obras fuesen solo el plano inacabado de una construcción por venir. La violencia de la imagen sub conciente fue amenizada por el discurso ultra conciente. Pero me estoy perdiendo.

Recapitulemos…

 

Viaje.

 

¿El humor chileno en Matta? ¿Qué tiene Matta de chileno si casi no volvió a Chile, si regalaba nacionalidades Argelinas y cubanas y españolas y francesas a cuanto se le acercaban? Es justamente eso. Chile es un país que es tuyo sólo cuando lo pierdes, que tiene sentido sólo fuera de las fronteras chilenas. Chile es una mentira que uno inventa, porque en el mapa esta delgada línea de tierra parece mentira. Matta no volvió a Chile, porque en Chile nunca habría llegado a ser chileno. Habría sido alguien en vez de ser nadie. Ser nadie, el vidriador trasparente, el que invierte los discurso, y el que agradece el premio nacional de arte gritando Caca caca caca.

Vuelta a la infancia. Primarios patios detrás de la lluvia, casas de adobe, ciudad, Santiago al fin de todos, Juegos de palabras, adivinanzas Caca, caca, caca. Todo eso vino a él mientras buscaba experiencias vanguardistas y nuevas en Paris, la civilizada. Fin de viaje y comienzo de otro. Al traducirse Matta se traiciona, se cambia, se desestabiliza. Empieza a soñar en otra lengua, y solo deja de ella las palabras de los afectos más infantiles, Caca caca, caca. En Chile Matta hubiese sido, como sus hermanos, un caballero excéntrico. ¿Pero no es todo el país al extremo del mundo el que es ex céntrico, es decir fuera del centro? Chile es una escenografía, la caricatura de ciudad media europea detrás de la que se juegan las mismas sangrientas pantomimas de siempre. Repetidas las guerras civiles y los golpes de estado, entre medio la siesta.

En Chile no se podía ser pintor sin ser profesor, o dentistas, lo que de alguna forma fue una bendición para Matta. Obligado a ser fuera de la familia, a ser fuera de las fronteras, se tuvo que explicar. Y por eso el “corazón es un ojo” como el diría. Porque el extranjero esta obligado, como el ciego y el niño a mirar bien. Esta obligado a subsistir el sentimiento por la astucia, la percepción por el lamento. La mirada por la corazonada. El ojo tiene que sentir, y el corazón mirar. Matta, el inmigrante se instaló en Nueva York, y Matta el precolombino se encerró en Italia a dibujar comics incaico. Comunista porque sólo el comunismo podía convertirlo en lo que quería ser: Un monstruo sagrado. Consagrado y desacralizador, aplicaba  a la política y al arte el razonamiento de Pedro Urdemales, pero como se había olvidado de a mitad de los dichos los reinventaba. Matta desposeído de la lengua de su infancia, la volvió construir a base de ideograma. Esquema de un nuevo lenguaje en que se mezclan gritos de tribu lejanas y lamento de gentleman del fin del mundo. Matta, cómodo en su personaje, se refugió en Italia, a ver como lo homenajeaban.

Matta el caballero chileno descentrado se dedicó a envejecer. No hablaba ya del todo castellano, ni francés ni italiano, sino una mezcla de todo eso. Tenía distintos idiomas para distintas edades. El niño hablaba español, el lucido teórico francés, y el viejo italiano. Lo profundamente chileno de ese hombre nada chileno era esa forma de juzgarse mientras hablaba. Esa ironía- no poca veces- delirante, que destruye lo dicho mientras es dicho. Ese entre comillado de su propio discurso que al traducirse mientras se va diciendo, cambia.

Como esos muebles (Malittle) que Matta diseño que podían convertirse en un bajo relieves murales. Todo lo que es puede ser lo contrario, no es una prueba más de esa extrañeza, de esa alteridad que es la huella que queda de la obra de Matta. No una forma de pintar sino una forma de ver. Deformación del verbo, periodismo visual(mucho de su obra es un comentario urgente a diversas noticias), y rastros de gestos subterráneo. El arquitecto Matta venía de una tierra (Chile) donde es relativamente fácil construir y más fácil aún destruir y se encontró en una (Francia) en que es muy difícil construir y aún más difícil destruir. Una tierra de restauración, de conservación en que el arquitecto pasa lo mejor de su tiempo haciendo planos, proyectos, estimaciones, proyecciones. Eso ultimo es el motor de la obra de Matta, maquinas que no funcionan, ciudades que no existen, proyectos sin contratistas.

¿Es esa vocación por el absurda solamente chilena? No, sólo que algunos países pequeños y aislado desarrollan en mal alta dosis su desconfianza al discurso. Chile es entero una parodia, y Matta iba a ser dentro del mismo surrealismo un parodista del movimiento. Elusivos, rigurosamente anti solemne, Matta cultivaba esa mira torcida de los que vienen del fondo del todo, del infinito sur. La natural desconfianza de los que según todos los globos terráqueos dependen sólo de la fuerza de gravedad para no caerse al vacío. Esa intimidad con el vacío, esta vecindad con la nada que los chilenos compartimos y que es la sustancia de nuestro humor, fue el territorio de Matta y el de su obra.

 

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