La risa y el miedo (después de una lectura de Bergson) por Rafael Gumucio[columna]

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La risa y el miedo. (después de una lectura de Bergson)

Por Rafael Gumucio

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Lo comico no tiene sentido en la imaginación pura. El simbolismo casi nunca es divertido, las alegorías lo son sólo cuando se comparan con la realidad que alegorizan. La comedia es una y otra vez un recordatorio de que la realidad existe. La derrota de la idea en mano de la cosa, es siempre divertida, aunque también hace reir la completa orfandad de la ideas sin cosas en que encarnarse. La parodia, la satira, la ironía, siempre se atacan a quienes quieren negar la realidad. Es siempre contra la ideas que la idea del humor se rebela. La mesa es una mesa, la silla es una silla, y que la niega recibe del cómico un sillazo en la cabeza.

La risa tiene como objetivo recordarnos que los instinctos son posibles, que son reales, que subyacen discursos y apelaciones. En ese sentido, como el miedo, es un apremiante recordatorio evidente que las entrañas están ahí y hablan, que no se puede prescindir de ellas. La risa es por eso tantas veces vulgar, y tantas veces viene abrazada al sexo, la mierda y los retortijones. Es su embajador en el mundo de las ideas, el portaestandarte del cuerpo, idealizado hasta ser sólo un estremecimiento, sólo una pequeña descarga de energía incontrolable que nos recuerda la otra energía incontrolable oculta: el sexo, la violencia, el terror y el placer encapusulados hasta ser sólo un síntoma sin enfermedad que lo respalde.

 

2—

 

La risa no es sólo una rebelión contra la rigidez o la idealización del cuerpo humano, es también una permanente lección de adaptación biologica. Cumple la función de unir momentos sicologicos, impresiones diversas, cuerpo y espiritu a través de un choque, chispas, soldadura nueva.

Es por ellos siempre profundamente moral, y profundamente antirreligioso y al mismo tiempo conservador. No cree en lo que permanece, pero tampoco acepta que los cambios cambien nada fundamental. Cree en el movimiento perpetuo, pero sin creer tampoco en eso, porque significaría fijarse en esa fe, y quedar atada a su fin. Realista, detesta toda sujeción a una idea superior, toda moda, toda revolución milenarista. Esta en contra del mundo tal y como esta, pero también en contra del mundo tal y como podría estar. Es una arma de sobrevivencia, no de sabiduría. Pero en la sobrevivencia misma encuentra su sabiduría. Para el humorista esta es la eternidad, sobre vivir a todo. Apegarse a los tics, a los gestos sin sentidos, a los rasgos más marginales del carácter, que es lo único que ni tu ni nadie pueden cambiar.

El humor es ante todo una rebelión contra la idea de que hay un fin, y un recordatorio que inevitablemente después de la grandeza o la destrucción seguiremos agachados, o derechos, los mismos u otros, da lo mismo, no tiene importancia.

3—

La mayor parte de los que nos da risa antes nos dio miedo. Los ventrilocuos, la gente que se cae sin razón al pavimentos, los invitados sorpresa, la imbecilidad de los que manda, la torpeza de los que aman. La llegada de lo inesperada, un quiebre en el orden, la destrucción de una ley. Frente a la llegada de lo inesperado, frente a la presencia de lo inaudito, nuestro cuerpos eligen reaccionar primer temblando, y cuando han aprendido a no usar todo su cuerpo en la labro, a guardar algo de sus fuerzas en la sobre vivencia ríen.

¿No es la risa una forma sofisticada, minimizada, espiritualizada del temor? Cumple con la misma función, avisarnos que viene el lobo, parar el golpe y al agresor antes que nos golpee, castigar el que se sale de la fila y puede hundirnos con él a los desconocido, manifestar de un modo placentero y vivible nuestra incomodidad, de poner entre nosotros y la amenaza el escenario y la pantalla. El volcán es el mismo, el miedo es la lava ardiente, la risa la lava tibia que se hace roca, forma, arruga, cosa.

 

4—

 

Pero la risa no es sólo una evolución del miedo, no sólo una expresión más moderada, más barata más funcional, del terror, sino que es sobre todo una celebración. El final de su imperio y dictadura, vivida a golpes de fuegos artificiales y carnavales en la calle. La risa es la explosición que responde a la implosición del miedo. Son las fallas de Valencia que queman muñecos de papel gigantes, generales y cardenales, lobos y ovejas todos en llama por un segundo, diez o treinta. No importa, al final del incendio queda la tibieza.

 

5—

El miedo es siempre miedo a la muerte, la risa es siempre negación de esta. La comedia raramente cree en la otra vida, es decididamente materialista (aunque la escriban curas), se complace en la concreción y en el presente, pero cree que en esta misma vida, concreta e inapelable, que en ese mismo existencia sin más allá, es imposible morir.

En la comedia el que cae de un décimo piso no se muere, o si se muere no tenía importancia, o rebota. El dolor no es nunca drama, siempre hay salida para él. No cree en esta vida, pero cree en esta vida. Nos recuerda hasta que punto nosotros creemos también—con vergüenza a veces, a escondidas muchas otras—en esta única vida. En la risa dejamos de avergonzarnos por la ceguera infinita, por el hambre sin limite con que vivimos, con que no permitimos que nadie nos arrebate ni un segundo de vida. Un amor a la vida, una imposibilidad de concebir la muerte que nos transforma en seres hambrientos e informes, mendigos sin razgos posibles de heroísmo, idealismo o grandeza.  Esclavos que prefieren el latigo al vació.

Quizás por eso los suicidas son el objeto favorito de la comedia. El acto de lanzarse por la ventana nos parece siempre una marca de cinismo infinito, de contradicción insalvable. El humorista, generalmente un depresivo con acentuados razgos suicidas, relata una y otra vez esta contradicción: las ganas de abrazar una idea hasta la muerte, la falta de ideas por la que matarse, el miedo a que la muerte—y las ideas que la inspiran—sean verdaderas.

 

6—

Frente a la verticalidad de lo tragico, la caída o la asención, el dialogo con dios, el rayo que corta en dos las vidas y los arboles, el humor es la horizontalidad misma. Todos y todo esta para el humorista a la misma altura. El cielo y el suelo están aquí pero no se puede tocar, sólo más allá una línea hace de limite. No sacas nada con acercarte a ella. Mientras más cerca estas del horizonte más se aleja él.

La risa nos hace a todos iguales, ni rey, ni principe ni pobre diablo, al igual que miedo nos iguala. Frente a ambos, abrazamos a quienes más cerca y nos olvidamos que hemos sido algo más que niños en la pieza oscura.

 

7—

Es admirado el que domestica el miedo, como es admirado quien domestica la risa. El estudiante que es objeto de toda suerte de burlas se convierte en un lider cuando controla las burlas a las que es objeto, la llama, las administra, las conoce, y adelanta.

El general o el sacerdote, sabe administrar el miedo, y es por ello el jefe de la tribu, sólo puede hablar con el bufón de igual a igual. Han combatido en las mismas lides, y usados los mismos métodos para lograr su inapelable victoria. El bufón no se burla del rey, sólo comparte, en forma de chistes, los secretos del poder.

 

8—

En las dictaduras y la teocracias el humor nos recuerda las reglas del  poder, y al mismo tiempo nos recuerda que existe algo después del miedo. Los dictadores temen a los bufones porque celebran estos de ante mano el final del terror, y recuerdan los truccos y maniobras a través de las cuales el dictador se hizo el monopolio del miedo.

Pero en realidad poco o nada tienen que temer los dictadores de los humoristas. La risa no es lo contrario del miedo, sino una consecuencia de él, una válvula de escape que muchas veces permite al temeroso volver a su lugar en la galera, aliviado y anestesiado. El humor de dictadura es inevitable contra peso, que permite aliviar al presión, una presión que sin la risa haría estallar el país por los aires.

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